Udaipur, casco antiguo

5.35am. Lunes 8 de marzo. India

Ha pasado otro día mas en Udaipur, esta hermosa ciudad de Rajastán, India. Un lugar que creció en torno a un lago, el lago Pichola y donde una dinastía de Reyes, implulsada por Udai Ji,  fue construyendo un maravilloso, imponente y laberíntico palacio durante más de 400 años. Ayer tuvimos la oportunidad de entrar. Ya no es la residencia del gobernante, llamado Marahja, aunque éste sigue existiendo y vive a un costado del mismo con iguales privilegios. Ya no ostenta poder politico, su linaje lo perdió con la llegada de la democracia, pero sigue cumpliendo una fuerte labor pública. Cuida hoy de las tradiciones y cultura de esta zona, de hecho ayer era la premiación anual de las artes en dicho lugar.

El palacio, de arquitectura arabesca, se emplaza sobre una Colina, por eso no extraña que en su azotea tenga un árbol gigantesco, de quizás cuantos cientos de años, de quizás cuantas cientos de historias. Pequeños túneles en todas direcciones comunican sus dependencias. Fabulosos salones servían para las recepciones y bailes, otros coloridos lugares, llenos de vidrios traídos de Bélgica eran salas de juegos, lectura o pintura. Acá desarrollaron una exquisita técnica pictórica hiperrealista que se manifiesta en retratos de personas y de animales. Hay reyes, brahmanes, tigres, perros, elefantes y por cierto, pavos reales, animal con especial devoción por estos lares, exquisitamente coloreados sobre sedas, algodones o mármoles. La pintura también tiene otra faceta, donde reinan fuertes colores que sirven para ilustrar de manera un tanto más naif las aventuras de los antepasados. Ceremonias, bailes, la caza, edificios completos sin perspectiva ni punto de fuga llenan estanterías de muchos negocios, propagando por el mundo esta especial perspectiva del paso humano. 
Esta misma dinastía tiene otros Palacios. Uno ubicado justo al frente del primero pero enclavado,  cual isla, en medio del lago. Blanco, como todo acá, maravillosamente iluminado por las noches parece un buque a la deriva. Un tercer edificio se divisa a lo lejos, en lo alto de un cerro. Ese palacio en particular estaba destinado para ser usado durante la época de las lluvias, del Monzón. Además, también lo visitamos, hay un parque llamado El Jardín de la Princesa, con muchas piletas que usan el agua y la presión de la gravedad para bailar como fuentes de plaza. No hay electricidad ni mecánica que no sea la natural fuerza de la tierra la que permite que varios chorritos de agua salgan desde la tierra o desde la trompa de majestuosos elefantes de mármol. Impresio ante prodigious natural y que demuestra la creativa imaginacion de los ingenieros reales de hace cientos de años.  
  
La gente, como les conté antes, es amable. No invade y respeta al turista. Si bien es intensa la actividad y frenético el transitar de vehículos, en las tiendas la atención es cálida. Te invitan a pasar cortésmente, ofrecen ese suave te masai y te hacen precio. Es bueno negociar el costo, te hacen sentir que pierden su vida en ello pero finalmente sabes que no es así. 
Lo que más se vende acá son sedas, telas pintadas con motivos locales, libros maravillosamente empastados en cuero, ropa, platería y especies. La ropa es barata, aunque no es uso cotidiano en Occidente (túnicas, camisones, etc).

En medio del casco antiguo de Udaipur, cerca del palacio real hay un templo Hinduista. Una magnifica estupa elevada varios metros sobre la calle, a la que se accede a través de una larga escalera de altos peldaños. Una nave central acoge a los peregrinos que descalzos (todos los que entramos lo estamos) y sentados en el piso cantan sinuosas melodías al compás de una alegre música. Le rodean en su parte externa 4 altares menores que respetan a otras deidades, entre ellos Ganesh, el Dios con cabeza de elefante (su padre por accidente le cortó la cabeza y para enmendar la situación cogió la de un elefante y se la instaló) que ofrece buena suerte. Dejamos una ofrenda de flores en su altar (que se adquieren al subir la escalera) con respeto al culto que hace que muchas personas vengan hasta cinco veces a la semana a orar aquí. Andrée dejó también una ofrenda en dinero por la que te dan un recibo. Con esa plata hacen comedores solidarios para los más pobres, que no son pocos. Una maravillosa experiencia la de ver esta devoción, ver, por ejemplo, mujeres que sentadas en el suelo, enfundadas en esos policromáticos y brillantes ropajes estan fascinadas recibiendo instrucción Hindú. Otros fieles rezando, otros leyendo, otros meditando. Emocionante hasta la médula para quienes son capaces de respetar y admirar las diversas formas en que el ser humano se enfrenta a sus miedos y sus dioses.

Namasté

Edo   

Escribo esto desde un celular, por eso ruego perdonen las faltas ortográficas.  

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~ por fuentesilva en marzo 7, 2010.

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