Torre Eiffel

Era desde pequeño una suerte de fetiche. Mi mamá me debe haber contado alguna vez una historia con ella, mostrándome una foto en el diario mientras trataba de que me comiera la comida. Siempre estuvo presente su inigualable estampa, soñaba conocerla, a ratos pensaba que me había demorado demasiado en encontrarla sabiendo de sobra donde vivía. Pero ya lo hice. Al fin pude saludar a la magnífica Torre Eiffel. Perdonen la excitación, pero de verdad que es un sueño realizado. 

Dos de la tarde en París. Descubro la cortina dura de la ventana del avión cuando anuncian que estamos en maniobra de aterrizaje. De pronto se acababan las 14 horas reloj, son más si consideras el huso horario, y ya no estás en America. Han pasado, literalmente, volando sobre océanos de historia, las horas que nos separaban. Miro por la pequeña escotilla y sin proponermelo lo primero que diviso tras el natural encandilamiento es La Torre. Desde el aire no se ve imponente, no se ve soberbia. Diría que decepciona en medio de las sinuosas formas del Sena o de las omnipresentes autopistas urbanas.  
Camino al hotel, desde la van, hay tanto que mirar, tanto que aprender y reconocer, que aturde. Si no son las magníficas fuentes adornadas de feroces leones, son sus museos, sus edificios, son los puentes deliciosamente embutidos de detalles. Ahí están los escudos, las máscaras, las inscripciones, las gárgolas. Está todo los te muestran los libros. Está también la francamente desmedida catedral de Notre Damme, el recuerdo del edificio de la Bastilla, el mismo que marca una era y que tan majaderamente visitamos sin conocer durante los años de colegio, los campos de Marte, el estadio de France. Calles arrenolinadas de vehículos modernos, de buses, de motos, de bicicletas. Gente en todas partes, abrigados para combatir el viento gélido. He gozado escuchando el acento francés, que bello idioma. He gozado, también,  oliendo y degustando sus famosas baguettes. Amé el olor de la pattiserie y la delicadeza casi clerical que le dispensaban a sus panes. Eso es amar lo que haces sin importar la aparente elegancia o atributo de ello. Eso es vivir por cierto la dignidad humana. 
No la vi de cerca hasta que mire al cielo. Estaba terminando de instalar mi maleta en la pequeña habitación del Hotel cuando mire por la ventana y la vi. Casi me caigo al tropezar con la cama en la torpeza de mi impresión, estaba ahí, asomandose como un gigante tras los preciosos edificios de la Rue de la Burdunoise. Ahora si que ha recobrado su brío y esplendor soñado. Ahora, ya en tierra, si se puede apreciar su magnifica estampa iluminada. Grande, colosal, poderosa. La mole de fierro que se reconoce en el mundo entero como el eje de la ciudad luz esta ahí, frente a mi. Apuro los pasos para verla de cerca y la cercanía me la devuelve inmensa. Es harto más grande, harto más implacable. Luces amarillas y anaranjadas le dan un toque extraño, parece fosforescente. De pronto se llena de luces centelleantes, pequeños flashes estroboscopicos alucinantes para el turista pero innecesarios, creo yo, para su gallarda estampa. Es como si a la Mona Lisa le pusieran un marco con neones que destellaran en medio del silencio respetuoso del Louvre, con quien tengo cita pendiente al regreso de Delhi.
Pero nada logra desviar en mi la mirada de lo realmente importante. De lo que representa, no solo en términos simbólicos la Torre Eiffel, sino también, en términos de ingeniería. Cómo cresta la hicieron… De verdad, cómo la planificaron. El mismo hombre tras nuestra estación central, bellísima por lo demás, cuyo busto saluda en una de sus cuatro bases, fue capaz de regalarle al mundo esta inmensa torre, una estatua de dimensiones supraterrenales como símbolo de una ciudad francamente conmovedora. 
Son las 4 de la mañana en Paris. En unas horas más tomo el avión a Delhi  y al día siguiente a Udaipur. Allí me espera Andreé para juntos recorrer otro país encantador y sugerente como es India. La tierra madre de los humanos, la tierra inmensamente ferti, la tierra donde surgió la idea mas radical de todas: la no violencia. La tierra de Ghandi y de nuestro guía Buda. Para allá van mis pasos, espero poder tener la luz necesaria para relatarlis e incentivarlos. 

Edo.

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~ por fuentesilva en marzo 4, 2010.

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