CUENTO: Tierra Mojada

La niña tomaba con sus manos la flor y la acercaba a sus ojos con ansias. Quería ver como funcionaba ese intenso amarillo de bolitas milimétricas que se quedaban pegados con poderosa fuerza en las patas de las abejas.

Miraba, giraba su cabecita, olía y estornudaba como un rito repetitivo. Nada la sacaba de su estado curioso básico y absoluto. Nada. Ni el gato que se le apretaba ronroneante a la pierna, ni el sonido tranquilizador de la pileta, ni el columpio que hace un par de días le habían regalado. Lo de ella era estar sumida en la flor, en sus laberintos amarillos, en sus enigmas imposibles de imaginar.

La madre la llamó una vez, dos y hasta tres veces, pero la niña no quiso responder.  Que la comida se enfriara sobre la mesa no era tema para ella. Nada era más importante. Sin embargo ella ya conocía del genio algo arisco de su progenitora, por lo que decidió aceptar la invitación y cortó la flor para que la acompañara en la cita gastronómica del medio día.

Almorzó cuan pronto pudo para volver a sumergirse en los secretos de esa flor. Ella estaba embobada por la fuerza de los colores, el universo en miniatura que albergaba,  al que nunca en su corta existencia le había prestado demasiada atención, era ahora el norte de su curiosidad.

Así estuvo la tarde entera, tendida en el pasto, conviviendo con las abejas, las chinitas y las hormigas mirando una y otra vez esa flor que se veía gigante  en sus delicadas manos.

Por la noche, antes de dormir y como era su costumbre, rezó por las flores del jardín. Le rogó a su Dios el eterno cuidado de sus colores, de sus intensos olores y de la danza de bichitos que ellas albergaban.

Ahora, cuando ya la candidez había dejado de vivir en su corazón hace años, recordaba esas tardes de sol mirando el cielo, rezando por las flores y disfrutando de sus colores.

Ahora, con la mirada más serena, con los ojos llenos de ayer y de la mano de su hijo, el que silencioso miraba el horizonte, buscando rincones llenos de lagartijas, arañas e insectos a los cuales pudiera cazar para luego almacenar en un terrario, ella recordaba esos momentos bellos llenos de olor a tierra mojada y que tanto bien le hacían a su corazón.

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~ por fuentesilva en marzo 4, 2008.

3 comentarios to “CUENTO: Tierra Mojada”

  1. Es increible cuán hermoso puede aparecer a los ojos del lector un episodio en la vida de las personas, tan simple como observar una flor, narrado con las palabras precisas de un buen escritor. Gracias Edo. por tus cuentos.

  2. Me recuerda al “Laberinto del Fauno”, en donde se muestra en su maxima expresión la inocencia que algún día sentimos quedó atrás

  3. Es placentero leer un cuento tan tierno.
    Gracias por regalarnos un momento de dicha y reflexión.

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