CUENTO: El Espejo

Se paró frente al espejo de cuerpo completo instalado en su pieza con la mirada penetrante que todos le conocían. Miró con detención su ropa, sacudió una pequeña pelusa que había osado instalarse en  la pierna derecha del pantalón, levantó su mano a la altura de la cara para poder ver que tanto lucía su reloj nuevo. Era un Patek Philippe Calatrava que le había costado más de dos millones de pesos, una ganga considerando lo clásico del modelo creado en 1932,  dijo en su momento cuando lo presentó a sus amigos. Miró nuevamente, volteó la cara a la izquierda y luego a la derecha para asegurarse que la afeitada estaba bien hecha. Se arregló el pelo cuidadosamente despeinado y apretó el nudo de la corbata de seda negra con las manos firmes y blancas, muy blancas. Tras la última mirada al reflejo frente a si, suspiró profundo. Parecía que tenía ganas de llorar pero sus ojos no le respondían al sentimiento.

En el auto sólo pensaba en lo que los demás dirían de él. Tras 12 años se volverían a ver las caras y esperaba que ya todo estuviera en el cajón del olvido, en la franja de los recuerdos agrios. Nunca le habían perdonado que se fuera de esa forma, sin embargo, esa forma era para él la única de salvarse del universo pobre que le consumía las ganas de crecer.

Llegó en el auto hasta lo más cerca que pudo, que eran exactamente 12 metros. Nunca ese auto había sido más elegante, nunca había desentonado tanto como ahora, donde parecía no corresponder. Todos miraron con dureza, con algo de desprecio cuando el motor se detuvo y él bajó de ese carro que valía más que la vida de muchos de los presentes.

La escena era de una incoherencia tan grande que a ratos no se lograba entender nada. Él, impecable mirando de lejos, buscando una cara que le diera la aprobación de acercarse mientras las treinta y tantas personas le miraban desde el otro lado con ganas de que no hubiese venido, pensando en cómo fue que se atrevió a aparecer, en que clase de desgraciado era que se venía a reir de todos, en lo frío y caradura que segía siendo.

Se armó de valor y avanzó tembloroso esquivando cruces rotas, flores secas y lápidas olvidadas en el tiempo. A tres metros se detuvo, nadie lo miraba ahora salvo una niña pequeña con la cara medio sucia que se escondía tras la pierna y el bastón de aluminio de su abuelo. Alzó la voz una vez para llamar la atención. Nadie respondió a la provocación. Alzó la voz otra vez, esta vez casi gritando  y dijo que merecía estar ahí, que ella también era su madre. Otra vez el silencio fue la respuesta. Espero un rato y se abrió paso a la fuerza, no concebía irse de ese lugar sin ver la caja donde descansaría la mujer que un día vio llorar porque su hijo se marchaba con un dinero que no le pertenecía. No podía imaginar retirarse sin decirle a su madre ahora muerta que todo había valido la pena y que la vergüenza del momento se había revertido en fortuna inmensa.

Se acercó a la caja pobre, forrada en tela gris, de apariencia humilde y olor húmedo y le dijo lo que siempre había querido decir. Abrazado y sin llanto alguno que acudiera a sus ojos terminó su desahogo y se incorporó con elegantes ademanes que a muchos parecieron  algo amanerados. Miró a los que alguna vez llamó tíos, amigos, vecinos, compadritos y les dijo que no eran nadie para que lo juzgaran, que él había hecho lo que cualquiera con ambiciones hubiera hecho. Que había logrado sus sueños mientras ellos seguían bebiendo el te pobre y la marraqueta fría. Nadie tenía las palabras adecuadas para pronunciar la respuesta correcta en un cementerio, pero la ganas de ponerlo en su lugar hervían en los ojos de esa gente humilde.

Se fue seguro de sí mismo, de su actuar, de su ser. Llegó a la casa y el espejo le llamó con fuerzas. Se acercó, se miró como horas antes, se peinó con la mano y sacudiendo los zapatos con un paño los dejó casi limpios. Se miró a la cara y esta vez las lagrimas si acudieron en masa. Imparables hordas acuosas, tormentas que enrojecieron de sangre las venas de los ojos. Finalmente había entendido que por muy clara que fuese la imagen proyectada, el espejo siempre le regalaba la visión inversa del mundo feliz que había construido.

Lloró hasta que el sueño le consumió las horas y hasta que no le quedó una gota de llanto en las nubes negras de sus ojos.

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~ por fuentesilva en marzo 2, 2008.

5 comentarios to “CUENTO: El Espejo”

  1. Te escribí un mail. Después vengo a leer.
    Un abrazo

  2. Que buen posicionamiento literario.

    Mis saludos.

  3. Que les paso chicos,

    hoy en la mañana no vi a furnaro,
    aparecio poco la andreita
    y no vi el entretenido programa de antaño
    donde despertaba riendome con sus sanas locuras
    e ingeniosa creatividad ludica,

    QUE LES PASO????????????????

    estuve un buen tiempo fuera de todo lo tecnologico, pc, tele, radio y me encuetro con esto

    cambiaran su no se editorial?

    ya no habra mas cantando con sueño?
    que pasara con el miguel los dias viernes,

    y la talla flor de piel,

    plis,

  4. Gran historia….

    Es solo ahí, parado frente a un espejo, mirándome fijamente a la cara,en medio de la soledad cuando veo a ese yo que solo Dios sabe que existe y que desaparece al entrar en escena alguien mas este cruel cuento sin fin llamado “vida”

    Saludos cordiales

  5. Gracias por este oasis en medio de la rutina laboral.

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