Una tarde de domingo a las once de un jueves

Ella estaba sentada con ese vestido que tantas veces él le aplaudió.

Él miraba por la ventana como pasaban los autos raudos por la calle.

Ella miraba los cuadros de esa oficina como si buscara una puerta de  escape, él lo hacía mirando la gente que se veía como hormigas en un jardín.

Hace un año que no hablaban, después de todo las cosas no habían terminado nada de bien. Sin embargo el tiempo cura todo y después de tantos malos ratos habían coincidido en esa oficina gris a firmar los papeles definitivos.

La noche anterior él no había dormido bien. No se imaginaba como iba a ser ese encuentro. Algo de pena, reconoció después, se apoderó de su memoria. Miraba fotos que quedaron guardadas y algo olvidadas en un cajón y recordó esas tardes bonitas que se eclipsaron cuando el amor terminó de agonizar.

Las lagrimas se secaron solas una vez más.

Ella, en su interior, estaba feliz de haber vuelto a sonreír y de haber encontrado lo que tantas veces le pidió al cielo. Él también había re armado su vida con magia, con mucha magia, pero las cosas son así. Dan pena porque es justo.

¿Cómo es que de tanto dolor, de tanto llanto, se pueda volver a reír?

¿Cómo es que se debe respetar ese pasado amable?

¿Cómo se debe vivir la segunda etapa de la capacidad de amar?

Nadie le respondió la noche de los recuerdos, aunque sabía perfectamente que sería así. Esa noche era para estar solo.

Prendió un cigarro, que botó de inmediato y terminó una copa de tinto. Se fue a dormir para apurar las horas y terminar luego el triste episodio final.

Ya había pasado un año, mucho o poco, no sé a ciencia cierta.

Cuando se despidieron se desearon suerte mutuamente y al momento de abrazarse lloraron. Afuera, a poca distancia, lo esperaban sus nuevas vidas y sus sueños renovados. Se desearon suerte porque mal que mal se querían, ya no de la antigua manera, sino como compañeros momentáneos de un largo viaje que los hizo crecer. Así como el tiempo borró las cicatrices de las manos, de la boca, del corazón, de los ojos sucios, de los oidos rencorosos, de las mejillas rojas de furia y vergüenza; así también sus miradas se perdieron en los ojos de sus nuevos presentes.

Ella partió hacia la izquierda del brazo de su hombre, él se fue a la derecha abrazado con su nuevo amor.

Afuera de la oficina que los reunió parece que no hubiera quedado nada más que un pueblo fantasma, una tarde de domingo pero a las once de la mañana de un jueves en el centro de Santiago.

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~ por fuentesilva en febrero 13, 2008.

4 comentarios to “Una tarde de domingo a las once de un jueves”

  1. uff…cuántas historias como estas conocemos! pero tiene final feliz. Existe la posibilidad de reinventarse. Lo más doloroso se da cuando las parejas siguen juntas por cuidar las apariencias o “por los hijos” haciendo la vida de esos críos un infierno. Sí, aun existe gente así…en este siglo.
    Abrazos

  2. siempre pienso en los tarados que dicen “no sé por qué se me borró”…bueno, soy una tarada, me acaba de pasar. Resumo: una historia que se repite en la vida pero tiene un final feliz con la posibilidad de reinventarse y reinventar una historia en pareja. Lo más triste se da cuando la gente se queda sola-en-pareja por “los hijos” o por el “qué dirán” haciendo sufrir a la familia completa…sí, aunque no lo creas, aun queda gente así en este siglo. Conozco a varias de cerca.

    Muchos saludos

  3. soy más tarada aun…je je acabo de cachar que tienes moderación ..yap, chau

  4. bien, como tu dices todo pasa en la vida , lo bueno y lo malo. nunca sabre que es mas doloroso, si morir de cancer o de un infarto.slds

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