CUENTO: La Colorada

“Para esa pena que tienes en el alma, debes llenarte los pulmones de aire fresco, oler lavandas, correr por los cerros y escuchar a Edith Piaf. Cuando lo hagas, habla con él antes de que emprendas el viaje”

Eso fue lo único que dijo después de haber escuchando pacientemente, de forma prácticamente inmóvil a la mujer que se le acercó a pedir ayuda con la fe de quién no tiene nada más por perder.

Ella, de 12 años ahora, siempre fue igual. Según sus padres, desde esa tarde en que cumplió cinco años y apareció medio maquillada en la sala y hablando como si los años se hubiesen multiplicado por otros cinco, ella, la niña colorada, era igual.

Al comienzo era una gracia más, coincidían todos en ese pueblo que estaba camuflado en el polvo ancestral que terminaba ocultando todos los secretos que en un lugar común y corriente hubieran sido por todos conocidos. Una gracias más, el chiste que nadie entendía bien. Pero esto persistió, nunca cambió. Su mirada era definitivamente distinta, sus palabras adquirieron peso y sus consejos comenzaron a funcionar. Uno tras otro, todos servían, nadie quedaba indiferente y sus padres, honestos ante todo, trabajaban el doble para poderla cuidar como es debido.

Juan y Marta, que se conocían desde que se dieron un beso furtivo bajo un añoso espino arriba de un cerro, sentados en unas oxidadas sillas de fierro forjado en sus inocentes amaneceres juveniles, eran un matrimonio que no podía concebir, lo que en pueblos como este, enterrados en el olvido, condenados a la ausencia externa, era una sentencia definitiva. Hasta que simplemente ocurrió. Marta quedó embarazada a los 45 años. Así no más fue, nadie preguntó nada, al menos no públicamente y la niña colorada llego 11 meses después. Si, once meses después y nadie volvió a preguntar nada otra vez.

Era colorada, roja como si la sangre brillara en las venas azules invisibles, incapaces de detener ese fulgor potente de la roja fuerza. Una frutilla con vida, un volcán en erupción, así era esta niña, que de la noche a la mañana fue una mujer sabia.

La Colorada miraba fijo pero no a los ojos. Ella miraba atentamente la punta de las orejas. Nadie sabe por qué, era lo de menos, porque cuando ella escuchaba, cuando se metía de lleno en las historias que cada jornada poblaban sus propios oídos, todo cambiaba. Algunos aseguran que la habitación se oscurecía como si alguien hubiera corrido las cortinas ajadas y azules que colgaban desde la época de la abuela de la abuela, otros eran capaces de llorar cuando recordaban la luz que empezaba a brillar mientras relataban sus penurias. Como haya sido, lo cierto es que la mirada de la Colorada, clavada la punta de las orejas de quién hablara, daba miedo pero terminaba generando una sensación parecida a la paz.

Sus consejos mezclaban el oler las flores silvestres, las cultivadas y las que aún no se conocían con determinación. Correr, saltar, caminar, hablar con los cerros, los caminos, las vertientes, los bosques, las aves, las piedras y lo que hubiera cerca. Y lo más curioso de todo, cuotas de música repetitivas, siempre las mismas tres o cuatro melodías, los mismos cantantes, las mismas orquestas. Curioso, extraño, místico, incomprensible ya que en su casa nunca hubo una radio que le sirviera de inspiración. Eso si se lo preguntaron, la primera vez que recetó a la Piaf.

– ¿Cómo es que le pide que escuche a una cantante que usted no conoce mi rojita? preguntó Marta con inusitada curiosidad

Ella, mirando su oreja derecha, tomándole la mano delgada y cansada, la miró con más piedad que otra cosa y le susurró

-¿Y por qué no Marta? A ella yo la escucho siempre y me hace bien. Ella canta fuerte, con dolor, con sufrimiento, con la desgarradora verdad de quién si sabe lo que es deambular por la pena inmensa. Yo la escucho con atención mientras su voz retumba en los cerros.

Era por esa clase de respuestas que regalaba siempre la Coloradita que nadie nunca hacía demasiadas preguntas.

La mujer sin fe que había perdido el amor, que ya no tenía nada que apostar hizo caso al dedillo de los consejos ofrecidos. A cambió le dejó una cesta con un queso fresco, unos tomates tan rojos como ella y una botella de un licor que los padres se apuraron en guardar.

Corrió por los cerros respirando el aire caliente de las laderas, a ratos seco, a ratos húmedo como sus esperanzas de amar. Miraba su entorno, con la suspicacia de un sabueso, buscando nuevas señales que le guiasen en esta suerte de rito que buscaba atraer al hombre infiel. Con ansias desmedidas olía y olía cuanta lavanda hallaba a su paso y las que se le pareciesen, aunque fueran de otra estirpe, igual era objeto del hurto. Caminó horas y horas, de mañana, tarde y entrada la noche, con grillos como eco para ir a un lugar donde pudiera llenar sus oídos de la voz gastada de la diva francesa. Ella sabía que en dos o tres poblados más estaba la casa de un hombre que tenía el engendro musical que ella necesitaba para que se cumpliera su sueño.

Con los pies rojos, con la carne viva y sangrante, como la artesana que le gritó su destino, llegó finalmente al lugar en que le esperaba la parte final de su tormentoso delirio. Su cara ya estaba casi perdida en la vana esperanza de alcanzar a lograr sus sueños, su pelo revuelto la asimilaba más a una loca, como las que todos conocieron años antes, cuando la fiebre cundió por el valle, que a una mujer enamorada del amor impropio.

Cuando por fin resonaron en sus oídos los acordes necesarios, las letras en un idioma diferente se le presentaron con la claridad del agua que mana de la tierra con brillo y fulgor. Donde antes había solo sonidos extraños, ahora ella entendía lo que la europea se esmeraba en decir

No, no me arrepiento de nada
Ni el bien que me han hecho, ni el mal
Todo eso me da lo mismo
No, nada de nada
No, no me arrepiento de nada
Está pagado, barrido, olvidado
Me da lo mismo el pasado

Con mis recuerdos
Yo prendí el fuego
Mis tristezas, mis placeres
Ya no tengo necesidad de ellos
Barridos mis amores
con sus trémolos,
barridos para siempre
Vuelvo a partir de cero

Lágrimas contenidas desde el día en que se enteró de la partida de su amor brotaron en su rostro cansado y ya definitivamente sin fe, al tiempo que bañaban la cara roja de la mística muchacha del pueblo condenado al polvo. Su carita pintada de blanco, con maquillajes pobres, se desteñía lenta y penosamente, su falsa palidez quedaba plagada de surcos de los ríos de la pena compartida con la mujer ante la letra de Edith Piaf.

Nadie preguntó el por qué del llanto de la mocosa, nadie siquiera sospechó del vínculo que pudiera existir. A nadie se le ocurrió cuestionar lo que era evidente, puesto que era más cómodo el silencio que la verdad.

Apenas acabó la canción, la mujer se dio media vuelta y aún llorando se devolvió a su pueblo. Ya no olió nada, no corrió por los caminos de los cerros, miró de soslayo las sillas oxidadas junto a un viejo espino y sin mediar palabra o suspiro se lanzó a abrazar el viento seco de las laderas y las brisas húmedas de su amor inexistente. Mientras su cuerpo semi inerte caía al encuentro del rocoso final, recordó como si fueran hoy los hechos y comprendió que su amor añorado no se había marchado con el hombre que le quitó su preciada y tardía virginidad, sino con el fruto de aquella incestuosa relación imposible, el que para guardar las apariencias había sido regalado a quién de verdad lo necesitara y pudiera cargar con un secreto más. El amor verdadero, el que siempre buscó, el que le robaba todas las noches los sueños, estuvo frente a si y no lo comprendió.

Roja la vergüenza de enamorarse del padre, rojo el fruto del fuego que le condenó a vagar sin compañía,  roja la cara del engendro concebido.

Y como hay cielos es que los vínculos no se rompen con los silencios prolongados, incluso en los pueblos ocultos de los mapas, los que de tanta tierra casi ni se ven. Mientras la mujer inerte chocaba con las piedras del acantilado, la Colorada lanzaba un grito grande que erizó los pelos del pueblo entero. Su cara, cuando la voltearon para ver si vivía, lo que ya no era posible, era blanca de forma natural, sin los maquillajes horrendos, sin la teatral apariencia de sus trances. Una breve sonrisa coronaba su boca, tierna y pequeña, incapaz de contener tantos sabios consejos, incapaz de no responder tanta pregunta frenada.

Nadie se preguntó de que murió. Siempre la extrañaron y  la recordaron roja y brillante, sabia, dulce, mirando las orejas de los que se plantaban al frente premunidos de ofrendas pobres pero honestas.

Nadie preguntó porque Marta y Juán nunca más hablaron, ni porque las flores de las lavandas en su casa crecían mas que en ninguna otra. No podía ser de otra manera si eran, a diario, regadas con lágrimas de sangre roja, casi tan roja como el angelito que nunca dejo se existir en sus humildes y estériles corazones.

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~ por fuentesilva en enero 28, 2008.

4 comentarios to “CUENTO: La Colorada”

  1. Gracias Edo. No tengo tu labia ni tu prosa, asi que solo gracias por un momento de sentimentalismo olvidado.

  2. Cuando el silencio es mas facil que afrontar la verdad, es cuando la vida pierde no tan solo el sentido, sino que su esencia mas digna: la necesidad de cada cual de hacerse y saberse vivo, vivo para los demás.

    Es duro el cuento, pero aún asi es palpitante la forma que tiene de reflejar realidades propias de nuestro ser como humanos. Cuando nada cuestiona, cuando nadie “quiere saber”, cuando nadie quiere de verdad implicarse e involucrarse.

    Gracias por el espacio de reflexión. Te invito a pasar por el mio.

  3. Este es un hermoso cuento que me dejó con “gusto a poco” ¿quién es el(la) autor(a)? me gustaría leer más obras suyas. De repente me sentí cerca de Macondo…

    Un abrazo,

  4. Verischi:
    el cuento lo escribi yo pues… En realidad no lo firme por un poco de pudor, pero que mas da. Qué bueno qué te gusto.
    Edo

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