Vida Misma: Un Almuerzo Memorable

Ayer almorcé con un amigo de esos que te ayudan porque al escucharlos te escuchas a ti mismo pero con las palabras adecuadas. Por ahora no les contaré de quién se trata, pero un día de estos estaré orgulloso de relatárselos.

En medio de la conversación, evidentemente salió uno de los temas más conmovedores de estas horas, Clemente, el chico que ha hecho estremecer el corazón de Chile entero, el que generó más de dos mil  mensajes  de apoyo a sus padres, el que hizo que todos miraran a sus hijos con más amor que antes, que los mimaran, que los adoraran. Clemente, cuya muerte desgraciada en la piscina que amaba, ha convertido la pena en el amor más grande que recuerdo últimamente.

En medio de estos diálogos, mi amigo me contó de un poema bellísimo que alguna vez fundó un puente de oro indestructible con su hija. La misma que muchos años después, frente a la multitud de padres orgullosos, le regaló su  lectura como homenaje al empeño literario, a la formación valiosa, al compromiso de ser padre.

Mientras él  me contaba esta situación, junto con la brillantez de sus ojos y la natural sensación de orgullo que le inundaba cada uno de sus poros, yo me sentía inmensamente premiado de saber de ese relato. No sólo por permitirme conocer  algo que puede ser considerado íntimo, sino porque me revivió el recuerdo propio de mi graduación, cuando frente a otro pelotón de padres orgullosos leí mi discurso de despedida escolar mirando atenta y fijamente a mi madre que estaba regalándome su presencia en dicho acto. Ella, con un cáncer terminal a cuestas, luego de días de cama y en dolorosa procesión, fue capaz de llegar al salón del Parroquial San Miguel, mi colegio, acomodarse en una frías sillas metálicas de color café, extenderle  la mano antes cálida pero ahora tremendamente diferente, delgada, conmovedora a mi padre y llorar mientras yo le gritaba al mundo el orgullo que sentía de ser su hijo. El orgullo que debí gritar con más fuerza, más veces, ante más auditorios y con más sinónimos de los que pudiesen existir para las palabras amor, gratitud, orgullo, sentimiento, admiración, valor. Si era necesario inventar palabras para que a nadie le quedara duda alguna de esto.

Este recuerdo que me inunda de amor, que me recuerda lo valiente que fue esta mujer abandonada por sus padres y que fue capaz de crear amor entre los que conoció, de regalarle unos cuantos minutos  de alegría a niños de la calle, quizás los únicos que realmente disfrutaron antes de caer en desgracia, la que era poseedora de una sonrisa hermosa y de paz. La misma que se fue envuelta en un flaco armatoste corpóreo que los médicos insistían, con inusual porfía, en llamarle cuerpo enfermo que necesita descansar.

Mi madre amada, la que me acompaña desde el cielo desde hace tantos años también estaba escuchando las “Palabras a Julia”  que leía la hija de mi amigo. A ella, a mi mamá, yo le regalé en medio del discurso de despedida, un poema de Rubén Darío que habla de la juventud que se despide, a Julia le cuentan de la vida que se le presenta por delante.

Un nicaraguense escribe de la juventud que se va, un español de la vida hermosa que se avecina y un niño chileno sin saber escribir siquiera nos regala un canto bello de amor filial. ¿Díganme si la vida no es bella?

Edo

Palabras a Julia de José Agustín Goytisolo. Léelo acá

Versión cantada por  Paco Ibañez. Velo acá

Canción de Otoño en Primavera de Rubén Dario. Léelo acá

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~ por fuentesilva en diciembre 28, 2007.

Una respuesta to “Vida Misma: Un Almuerzo Memorable”

  1. Me conmoviste. Y no diré más. Un abrazo enorme, hombre hermoso.

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